Hoy en día, la prensa pareciera -debidamente- destacar más que nunca la complacencia e indiferencia tanto por parte de los ciudadanos como de las autoridades, en casos reportados de corrupción y de notas que sobrevuelan superficialmente los hechos de corrupción para analizar los elementos que ayudan a la impunidad de los mismos.

Dos ejemplos de los más recientes incluyen el otorgamiento de fondos de la FONACIDE a los municipios pese a que algunos no han justificado su inversión del ejercicio cerrado, y la declaración de un actor político, quien, cuestionado acerca de la falsificación de la planilla de firmantes en el marco de la discusión de reelección presidencial, indicó como único justificativo que “vivimos en una sociedad de deshonestos” y que por ende, “así nomas luego es”.

Ambas conductas son claros ejemplos de cómo actos de deshonestidad y corrupción no sólo no se castigan, sino que ser “normalizan”, pasan a ser parte de nuestra idiosincracia, se convierte en algo “aceptable” la falta de toma de responsabilidad por actores condescendientes con la cultura de la corrupción y por ende deshonestos, y de una sociedad con mucha capacidad para “perdonar” u “olvidar”estos.

De esta coyuntura nacen algunas preguntas.

Si la complacencia fuera la norma; si nuestro status quo cultural es la indiferencia cuando alguien viola una regla, ¿cómo permea este fenómeno en otras áreas de nuestra vida social? ¿Podríamos llegar a exigir una rendición de cuentas a nuestros gobernantes si cambiamos nuestros hábitos diarios de menor escala? Y, ¿cómo sobrellevamos esta alevosa crisis de corrupción y deshonestidad que nos ha venido excluyendo de la sociedad global como país durante décadas, si el daño causado por el corruptor no encuentra repercusión en sede judicial?

Empecemos haciendo un paréntesis y teniendo en claro que la deshonestidad y la corrupción son colaboradores cercanos, hasta parientes, y participes de una relación simbiótica, ya que la corrupción en su raíz no puede existir sin y se beneficia de la deshonestidad, y muchas veces la deshonestidad no es más que una alteración, un quiebre, un abuso – “los mismos átomos de la corrupción”.

Para responder a la primera pregunta, es necesario que entendamos qué significa ser una sociedad complaciente. Y por esto, nos referimos a la sociedad entera – fiscales, jueces, legisladores, ciudadanos, periodistas, ministros, religiosos, empresarios, etc. El comentario de que “así nomas luego somos” insinúa que todos nosotros mentimos aquí y “boleamos” allá, y que cuando queremos soluciones fáciles y apostando a nuestra comodidad por encima del bienestar común y las reglas legales que rigen la convivencia, hacemos trampa.

Específicamente, ¿es posible que una sociedad de ciudadanos honestos sea indiferente a las acciones de un agente del estado corrupto, o para que ello se configure, sería necesario un grado de complicidad – o corrupción a menor escala – una especie de “hablar el mismo idioma”? ¿O en realidad somos mucho más parecidos a quienes criticamos que lo que nosotros nos damos cuenta?

¿Serían estas acciones un microcosmo de corrupción a mayor escala?

Lo cual nos lleva a la segunda pregunta – quizás nuestras decisiones pequeñas y del día a día son más capaces de influir en cómo reaccionamos ante actos corruptos de mayor escala, de una manera más importante de lo que dimensionamos. Si en una sociedad se tira debidamente la basura en los basureros, la idea está tan preconfigurada en el cerebro — si, hablamos de ese órgano que tenemos entre las dos orejas — de sus ciudadanos, que ni siquiera considerarían tirar una lata aquí o un envoltorio allá, porque simplemente no negocian con esa regla. Si alguien decidae violar esa regla y tira su basura a la calle, la ciudadanía reaccionaria y exigiría esa persona tome responsabilidad por su conducta y pague una pena.

Llevemos ahora esto a un nivel de corrupción de estado: si la honestidad está tan preconfigurada en nuestros cerebros, permitiríamos que siguieran impunes aquellos políticos corruptos que recurran en nepotismo, malversación de fondos, cohecho pasivo o empresarios que hayan sido corresponsables de dichos ilícitos?

Es obvio que cuando desacatamos las leyes de transito, tiramos basura a la vía pública, consentimos que falten al respeto a niños en sus derechos , de hecho “perdonamos” no solo el incumplimiento de reglas sociales básicas, sino también actos a mayor escala como ser la corrupción – desde tirar basura hasta robar de las arcas públicas del Estado?

Esto nos lleva a la última pregunta: si construimos una sociedad con una base sólida y deliberada en la honestidad y el cumplimiento de las reglas que rigen la convivencia en sociedad, podría ser más difícil que agentes corruptos se “salgan con la suya”, porque una sociedad honesta no haría la “vista gorda” con tanta tranquilidad y facilidad ante estos hechos corruptos.

A la inversa, si aceptamos como “cultura normal” la transgresión de las normas a una escala tan pequeña como ser respetar los imperativos de la limpieza vial, y mismo a una escala un poco mayor como ser comprar o vender productos de contrabando fomentando el comercio desleal e ilegal, estamos en realidad asfaltando el camino para que personas corruptas puedan pasearse sin molestias y de esta forma causarnos daño a través de la malversación de los fondos de nuestros impuestos, los cuales terminan indebida e injustamente en bolsillos de personas deshonestas en vez de rutas o escuelas.

Si perdonamos – porque “así nomas luego es” – atajos ilegales, “favores” políticos, la evasion de impuestos, conductas comerciales desleales, balances retocados o subdeclaraciones, estamos marinándonos en una cultura de trampa que apoya y aplaude al tramposo; de esta manera, estamos nutriendo una cultura de ciudadanos más propensos a perdonar la falta de justificación de gastos en FONACIDE y en falsificaciones de firmas. Al final del día, “vivo” creemos que hay uno solo: qué tan diferente es el chip mental del “vivo” que vende de contrabando, al “vivo” que falsifica firmas? La diferencia es sólo la oportunidad particular y el entorno de cada uno.

Vivir con dobles estándares no es una novedad en nuestra especie. Tal como lo señalaba Yuval Noah Harari en su libro Sapiens, el ser humano por mucho tiempo ha vivido en una cultura contradictoria; el noble del medioevo iba a la iglesia de mañana y aceptaba el dogma Cristiano del perdón y la simpleza, en tanto que iba al banquete de noche donde abundaba el vino y las mujeres, y cantaban alabanzas a los caballeros que bajo el disfraz del honor, básicamente estaban en el rubro comercial de la venganza y la matanza de disidentes. Mil años después, continuamos creyendo en contradicciones; creemos en un político justo y honesto, y a la vez, creemos en nuestro derecho de comprar productos ilegales y de contrabando.

En vez de ser nosotros tramposos y dejar que los demás tramposos (por ejemplo, los que disponen de nuestro dinero de contribuyentes) salgan impunes, sería una mucho mejor apuesta que nuestros hijos puedan crecer en una sociedad de ciudadanos honestos y trabajadores, que a su vez y salvando contradicciones, requieran honestos y trabajadores fiscales, jueces, legisladores, policías, gobernantes y colegas.

Camila Vaz

Gerente de Proyectos y Secretaria Ejecutiva at Pro Desarrollo Paraguay
Se recibió de abogada de la Universidad Nacional de Asunción. Tras su graduación, realizó un Master en el London School of Economics and Political Science y dos cursos, uno impartido por la Universidad de Cornell realizado en París, y otro impartido por la Universidad de Duke realizado en Washington, D.C., en materia de Derecho Comparado y Políticas Públicas, respectivamente. Previo a su ingreso a Pro Desarrollo, Camila estuvo siete años en el sector jurídico, en Vouga Abogados, trabajando principalmente en derecho de empresas, inversiones e infraestructura.